cuento, relato

No puedo evitar arder

Verás mi amor, estoy hecha de buena madera, no puedo evitar arder. Y ardo con solo traer a mi memoria el recuerdo de tus besos sobre mi piel, de tus manos sosteniendo las mías, acariciando mi cabello, desvistiéndome. ¿Porque no vienes y ardemos juntos?

Ven y regálame la voz con la que despierto a otras vidas.


La sonrisa de Minerva fue tan rápida y espontánea que Apolo no pudo sino evitar responderle en automático, con su característica sonrisa ladeada y sus dientes perfectamente alineados. Ella lo vio venir desde muy lejos, pero lo conocía tan bien, que lo reconoció de inmediato, su silueta, su forma de caminar, nada había cambiado.

Por un instante se sintió nerviosa, tenían tanto tiempo sin verse ¿Qué pensaría él? ¿Qué tan cambiada la encontraría? ¿Aun sentiría ese fuego en su interior al tenerlo cerca? «No puedo evitar arder al tener cerca» le había dicho una vez, con su voz más seductora y él no la había resistido.

Aunque siendo honestos, tras haberse conocido y sido amigos por tantos años, una vez que se hubieron sentido, saboreado y explorado, no habían podido volver a resistirse el uno al otro, nunca habían intentado siquiera resistirse, no hubiera tenido caso. Instauraron una política de dejarse llevar y fluir, después de todo, por sobre todas las cosas eran amigos, se querían con un cariño profundo y respetuoso.

Desde entonces, donde quiera que los cruzaba la vida, se entregaban el uno al otro desbordantes de deseo y pasión, no había lugar para dudas, preguntas ni arrepentimientos. Se conocían desde hacía tanto tiempo, que las frases adornadas de conquista, las excusas rebuscadas para verse y las trivialidades, estaban de más.

Y sin embargo, Minerva estaba que se moría de nervios, después de todo, habían pasado 4 años desde la última vez que se habían mirado a los ojos, arrancado la ropa y estremecido de placer.

Después de devolverle la sonrisa, Apolo camino hasta acortar la distancia que los separaba y sin decir palabra tomo su rostro entre sus manos, dándole un beso tan suave y tan dulce que Minerva sintió una mezcla de ternura, nostalgia y pasión.

No le dijo nada, y apenas separaron sus labios, lo condujo hasta su habitación, pasando de largo la elegante cena ya lista en el comedor y la botella de vino a medio enfriar. De un solo movimiento lo arrojó a la cama y parada a unos centímetros de él, empezó lentamente a desvestirse. Podía sentir la chispa en los ojos de él, mientras la devoraba con la mirada al ir ella quitándose la ropa hasta ir dejando entrever un conjunto de lencería de encaje negra. Lo conocía tan bien, que podía ver su lucha interna entre pararse de la cama, arrancarle la ropa y quedarse sentado pacientemente a la expectativa de ir alargando el momento de la seducción.

«Eres aún más hermosa de cómo te recuerdo» susurró Apolo con excitación. Minerva no dijo nada, solo sonrío aún más y tras quedar en lencería, le lanzó una mirada que él supo interpretar acertadamente como un «Ahora tú». Apolo procedió a quitarse la ropa con más rapidez y menos seducción que Minerva, pero igual de efectivo en el efecto deseado, pues al quedar completamente desnudo y erecto, en su cuerpo esbelto y marcado, Minerva no pudo sino detenerse un instante a admirarlo y recordar de inmediato, porque es que le atraía tantísimo.

Apolo aprovechó esa breve pausa para retomar el control y pasando sus manos por la espalda de Minerva la tomo de las nalgas, apretándolas y la arrojó a la cama. Empezó besando sus labios y cuello, deteniéndose en la oreja izquierda a darle un suave mordisco, tras el cuál a Minerva se le escapó un gemido, ella cerró los ojos y se entregó por completo a los caprichos de Apolo , dejando a su cuerpo reaccionar de inmediato a una piel tan conocida, a unas caricias de unas manos que tantas veces la habían explorado, a unos labios en cuyo sabor tantas veces se había perdido, a un olor que tan deliciosamente la intoxicaba.

Cuando Minerva abrió los ojos, Apolo, que tanto la conocía, supo que estaba lista y sin terminar de desvestirla, movió hacía un lado su ropa interior y la penetró con fuerza, para después proceder a embestidas rítmicas y apasionadas. Gimieron al mismo tiempo y se entregaron a la danza del placer que tan bien conocían y tanto habían extrañado.

Terminaron rendidos, exhaustos y felices. Esa noche, dormitaron por ratos, y cada que alguno recobraba la conciencia, despertaba al otro para volver a entregarse a esa mezcla perfecta de placer, cariño y deseo que tanto los caracterizaba. A la mañana siguiente, él se habría ido, sin una promesa de vuelta. Era mejor así, la incertidumbre les funcionaba para que la llama siguiera ardiendo.

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