cuento, relato

Anhelo y consumación

Había estado en un perfecto balance de caos entre estrés y cafeína sobreviviendo a un cierre de mes más y no se dio cuenta de que había entrado la tarde. En casa, un pequeño gato gris con ojos azules, único ser vivo al que había permitido la entrada a su vida, la esperaba listo para acurrucarse en sus pies. Eso y una botella de merlot serían suficiente sustento para llegar al día siguiente.

-No sé porque insisto en ponerme tacones si de todos modos estoy aquí sentada todo el día en este escritorio ergonómico con vista panorámica a esta ciudad gris– pensó, mientras daba tres veces guardar al archivo, por si acaso.

Se dispuso a irse y a medio camino por las escaleras, que prefería al elevador, convencida de que «algo es algo» en cuanto a la activación física cuando se dio cuenta que había olvidado las llaves del auto sobre el escritorio. Rápidamente se dio la media vuelta y emprendió el camino de vuelta. A punto estaba de llegar a su oficina cuando se lo topó a él.

Su cara denotaba sorpresa, no esperaba que nadie más se hubiera quedado tan tarde. Siempre le había gustado y aun recordaba la vez que en un retiro corporativo el año anterior, les toco sentarse cerca y platicaron extensamente –Nunca te había escuchado reír– le había dicho él aquella vez tras un par de cocteles –siempre eres hermosa, pero riendo, me dejas sin palabras– no supo que responder y al instante fue interrumpida por otro colega que llegó a la mesa a compartir los últimos chismes.

Creí que era ya la única que quedaba en la oficina ¿Qué haces aquí?– Dijo ella, su voz dejó traslucir más nerviosismo del que le hubiera gustado.

Se me fue el tiempo respondiendo correos, como siempre– Le contestó él, con una sonrisa que le pareció demasiado coqueta y encantadora, se le aceleró el pulso y nerviosamente le dijo:

Ya es tarde, olvidé mis llaves, con permiso– y pasó a su oficina, dejando inconscientemente la puerta entre abierta. Casi de inmediato él pasó y sin quitarle los ojos de encima bajó las persianas y cerró la puerta. 

Él, que tan seguro y coqueto se había visto hace unos segundos, por un instante pareció dudar de sus acciones, solo alcanzó a decir –Yo…– antes de que ella decidiera ser, por primera vez en la noche quien tomará la iniciativa y caminará hasta estar a solo unos centímetros de él, tan cerca que podía empaparse en el olor de su perfume. La tensión duró solo una fracción de segundo, él de inmediato recupero las riendas de la situación y tomando su rostro entre sus manos empezó a besarla, primero lentamente y luego acelerando un poco a medida que iba creciendo la excitación. 

¿Tienes idea de cuanto te he deseado?– le susurró al oído con la voz entrecortada por lo agitado de su respiración. Ella, dejándose llevar por el momento ni siquiera pudo contestarle con palabras, su respuesta fue buscar de nuevo sus labios y ahogarse en ellos.

Las manos de él empezaron a bajar, en una mezcla de caricia y seducción, por su cuello, sus pechos, rozándolos apenas por encima, sintiendo como los pezones respondían casi instantáneamente al toque al tiempo que a ella se le escapaban gemidos de placer. Sus manos se detuvieron a la altura de las nalgas, apretándolas y acomodándola en la silla de su escritorio, en un rápido movimiento de quien se ve que sabe lo que está haciendo, se agachó al tiempo que metía las manos por debajo de su falda tipo lápiz y bajaba su ropa interior.

Los nervios de ella fueron desapareciendo mientras él la tocaba en una mezcla de ternura y pasión, acomodado entre sus piernas exploraba con su lengua todo su interior, haciéndola estremecer una y otra vez. Al salir de entre su falda, por primera vez sus ojos volvieron a encontrarse, ya sin nervios y chispeando de deseo. Ella lo jaló hacía si, besándolo, desabrochándole el cinturón y de un jalón, bajándole los pantalones hasta las rodillas. –Necesito sentirte– susurró, hablando por primera vez desde que él entrara a su oficina. Él siguió besándola: de los labios, se movió al cuello, al pecho y mientras le iba desabotonado la blusa, continuaba besándola, tomó uno de sus pezones con la boca, succionándolo hasta que ella gimió de placer. Interpretó esa como la señal que esperaba y abriéndole las piernas, la penetró con fuerza, sintió su humedad mientras ella estremeciéndose de placer por dentro, pasaba las piernas por su espalda, enganchándolas y dirigiendo con movimientos primitivos las oleadas de sensaciones que los estaban desbordando.

Sus cuerpos reaccionaban como si ya se conocieran, entre jadeos y caricias, ambos se permitieron, por primera vez en mucho tiempo, derrumbar las barreras que habían construido, terminaron al mismo tiempo, exhaustos. Ella, que siempre tenía palabras rimbombantes y oraciones laboriosas no quería decir nada, no quería romper la magia del momento –Quisiera que este instante durará para siempre– pensó. Y él, que siempre la había admirado y deseado desde una distancia lejana y segura, solo se atrevió a decirle –Primera vez que agradezco haberme quedado tan tarde-  

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