cuento, relato

Marina y el destino

Marina no creía en el destino, creía en si misma y su voluntad de hacer que las cosas sucedan. Había nacido en un pueblo frío y montañoso, su madre había muerto dándole el regalo de la vida y su padre la había nombrado “Marina” porque al mirarla por primera vez sintió que había visto el mar en sus ojos azul grisáceos, como siempre lo imaginara en sus sueños.

Desde niña, sentía un irrefrenable deseo de conocer el mar, sentía, sin conocerlo, que la llamaba, que hasta que no sumergiera en el su cuerpo, no se sentiría completa. Por ende, Marina creció sintiendo que algo le faltaba, pero se conformo con la calma y la familiaridad que le ofrecían su sencillo pueblo, sus montañas, su pequeña familia.

Cuando tenía 23 años, su padre cayó enfermo y nigún médico pudo remediar su agonía. Marina lo cuidaba día y noche, había dejado a un lado sus estudios de pedagogía, para estar con todo lo que le quedaba de familia. Su padre luchó por no dejarla sola, pero cuando supo que no podría aguantar más, llamó a Marina a su lado y le dijo “Debajo de mi cama hay un cofre, y en él, todo lo que he podido ahorrar, vete al mar, siempre he sabido que te llama“.

Dos meses después, trás varias horas por carreteras que la alejaron de su pueblo tan lejos como no creyo posible, Marina llegó a la costa. Nada más bajarse del camión sintió la brisa salada despeinarla y juguetear con su vestido, una enorme sonrisa de plenitud iluminó su rostro. Camino sin rumbo dejando que sus pies las guiaran, las horas fueron pasando, y justo antes del atardecer, se detuvo frente a un faro.

Al acercarse al faro, un marino perfectamente uniformado en su traje blanco le salió al encuentro:

–  Señorita no puede pasar, esta área es de acceso restringido.

Ella alzó la vista para mirarlo a los ojos  y se sorprendió de encontrar una hermosa y amplia sonrisa en un rostro moreno y tostado por el sol. El le sostuvo la mirada con una mezcla de seriedad y ternura y Marina experimentó una clase de nervios que nunca había sentido.

–  Lo siento, no sabía, es solo que nunca había visto el mar y esta playa me parece preciosa.

Al contralmirante de la Garza, algo lo conmovió por dentro como no creyo que volvería ser posible. Años después seguiría debatiéndose ¿Había sido la dulzura en su voz? ¿O acaso la profundidad de sus ojos claros? Le sonrío de nuevo, aparentando calma.

Bueno, tiene usted suerte, estoy de guardia y la playa esta vacía…

Y ofreciéndole su mano agregó:

– Si gusta, la escolto por la playa.

Ella tomó su mano sin dudar un instante siquiera y juntos caminaron hasta ver al sol anaranjado ocultarse en la inmensidad del mar.

Desde ese día, nunca se soltaron, no realmente. No lo sabían, pero casi todos los atardeceres del resto de su existencia, habrían de verlos juntos. Y cuando anciana, Marina mirará hacia atrás, la primer palabra en sus labios sería: Destino.

 

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