cuento, relato

Ana Graciela

Llegó al mundo con el nombre de Ana Graciela González Ramos, llamada Gachi por todos, o bueno, casi todos, yo le digo abuelita y ella me dice empanadita de queso, o tamalito de chipilín.

Recuerdo los años en los que salía de la preparatoria y caminaba las 3 cuadras hasta su casa, en el abrasador calor tabasqueño del medio día, y ella siempre me recibía con un vasito bien frío de avena con cacao.

Hoy ha dejado de teñirse el cabello, y lo luce de un gris precioso, que combina a la perfección con su piel morena y sus ojos verdes.

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Cuando la veo, que no es tan seguido como en aquellas épocas adolescentes, siempre nos abrazamos, su cabeza queda a la altura de mi clavícula y yo recuerdo las palabras de mi madre: “Ay hijita, ese cuerpo tan curvílineo y esa cintura tan marcada no me lo sacaste a mi sino a mi suegra: tu abuelita Gachi, solo que tu saliste altota“.

Hace poco fui a desayunar a su casa, como en los viejos tiempos, de postre hubo por supuesto, platanitos fritos con crema. Pero lo más maravilloso fueron las horas que pasamos platicando, mientras ella rememoraba el pasado con nostalgia y yo escuchaba avida de llenarme de las historias del pasado de mi familia, de las consecuencias y decisiones que desembocaron en mi existencia en este mundo.

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Me enseñó una foto de su boda y pude comprobar, que mi madre todo el tiempo había tenido razón, ahí estaba Ana Graciela, de cabello corto, sonrisa enorme y  cintura marcada en el altar. Me regaló enmarcada la única copia que queda del último poema de su madre, llamado “Recuerdo”, escrito trás la muerte de su hija Yara. “Léemelo en voz alta” me dijo, y las dos terminamos llorando.

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Aún me acuerdo cuando ambas descubrimos que llevabamos años siendo fans del mismo poeta sin saber que la otra también lo era. Ella, dandome una típica frase sabia de abuelita empezó a decir “En el rocío de las pequeñeces...” y yo la interrumpí complementando “… el corazón encuentra la mañana y se refresca“. Desde entonces cada que puede me regala algún libro de Gibran Khalil Gibran, y yo los atesoró con un cariño inabarcable .

Lo único que necesito para desestresarme es leer y caminar” me confiesa, y yo sonrío pensando “La manzana nunca cae lejos del árbol”.

No sé cuanto tiempo más tenga la dicha de tenerla en este mundo, yo quisiera pensar que estará siempre, y se que de algún modo siempre lo estará, en mi corazón. Pero mientras la tenga aquí, mientras mis manos aún puedan sostener las suyas, mientras mis brazos aún puedan estrecharla, mientras mis oídos puedan llenarse de sus historias y sus consejos, seguiré atesorando los valiosos momentos a su lado.

1 comentario en “Ana Graciela”

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