cuento, reflexión, relato

Ya no estamos para morir de miedo

De pequeños tenemos miedos comunes, a la oscuridad, al monstruo debajo de la cama, a “Eso”, maldito payaso, sigo sin poder ver esa película. Si nos despertamos llorando por una pesadilla en medio de la noche, encontramos el cálido abrazo de mamá, ese que lo cura todo, ese donde la calidez le viene desde el alma, desde el instinto.

Luego llega la adolescencia, esa etapa del auto-descubriendo, de la búsqueda de la identidad. Llega el primer amor, los primeros golpes de la vida, se aprende a afrontar rupturas y desengaños, cambios y confusiones.

Entonces llegamos a la juventud, nos sentimos adultos, maduros, sabios. Creemos que ya hemos vivido lo suficiente para que no nos vean la cara, para no entregar el corazón a la ligera, creemos que aprendimos, hasta que nos vuelven a romper en pedazos y nos cuestionamos “¿Como no lo vi venir?”

El tiempo pasa, y entonces, entonces llega el miedo.

El miedo, poderoso y letal, a veces se enraíza en nuestro ser, y nos volvemos cínicos y desapegados, queremos por encimita, huimos a la mera señal de una persona con la capacidad de hacernos estremecer.

Tememos volvernos a enamorar, tener que volver a enfrentar desesperación, dolor, desilusión, tener que luchar por contener lagrimas y sollozos, por no anhelar abrazos y caricias.

Pero no debemos rendirnos al miedo, el amor lo vale.

Como diría Carlos Silva  “Ya no estamos para morir de miedo por cosas que sabemos que no matan”.

1 comentario en “Ya no estamos para morir de miedo”

  1. Creo que el miedo tiene un tamaño, naturalmente cuanto más has sido golpeado, decepcionado, engañado, burlado o tomado del pelo este crece como cual monstruo de pesadilla, incluso cuando uno mismo esperanzado en luchar por uno o unos de esos amores imposibles, sabe que se puede o se va auto infligir el daño, por culpa consciente de no querer quitarse la venda de los ojos cuando sabe uno que ya no es ceguera. Pero creo que son peores el hartazgo y el hastío, quienes propelen a la confusión porque no se si pudieran ser comparados como sus primos, hermanos o símiles.

    Creo que llegan a superar al mismo miedo, su territorio es ese donde ya no es temer el daño o la experiencia sino hartarse de “recibirlo/a” después de la lucha, hastiarse de caer en el mismo abismo después de haber escalado días, meses o hasta años para salir de él, porque en lugar de seguir el camino y/o seguir adelante, se siente que se está estancado ahí, creo son peores porque te van vaciando y secando (conscientemente), porque no se quiere dar derecho a nada ni nadie a pasar sobre uno, porque no se quiere ser burla, víctima ni juego de nadie, ni de uno mismo, parecieran hasta mecanismos de defensa, donde ya no es cuestión de orgullo sino de dignidad, mismas figuras que no se deben confundir.

    Creo que ahí reside lo peor, porque sea por mala suerte, por fealdad, intensidad, por franqueza o hasta por bondad, uno va a ser siempre uno aunque cambie, en el fondo siempre tendrá la misma esencia y ciertos anhelos, y a veces de eso ya no queda tiempo de culpar a nadie, a veces conviene culparse uno mismo porque sabe lo que hizo y lo que no, luego entonces por eso para mi son peores, porque el miedo al menos es otra de tantas emociones, mientras el hartazgo o el hastío son sensaciones que nos llevan a decidir dejarlas de querer sentir…

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