cuento, relato

Nunca más sería ella

Ella, ese amor juvenil de su pasado le había hecho daño, mucho. Pero él no conocía otra cosa. Se había acostumbrado al dolor, a la distancia, a dejar que los “hubieras” invadieran su mente.

Y entonces, sin esperarlo, un día se tropezó con una mujer como ninguna que hubiera conocido nunca, como ninguna que algún día volviera a conocer. La  belleza de su alma sobrepasaba su atractivo exterior, que era ya bastante llamativo por si mismo, la fluidez de sus palabras, la agudeza de su mente, la pasión de su corazón.

Esa mujer lo tomo de la mano, con paciencia y delicadeza lo llevo a conocer el amor.

Le enseñó cómo se debía querer: bonito, con sinceridad, sin miedos; como quien se arroja al vacío, desconociendo si habrá abajo un par de brazos dispuestos a tomarte.

Pero el miedo empezó a reptar su corazón con sus fríos tentáculos de dudas e incertidumbre.

Y entonces, como si hubiera escrito poemas y no profecías, se cumplieron las palabras que hace tanto escribiera Amado Nervo:

“¡Síguela!», gritaron cuerpo y alma al par.
…Pero tuve miedo de amar con locura,
de abrir mis heridas, que suelen sangrar,
¡y no obstante toda mi sed de ternura,
cerrando los ojos, la deje pasar!”

 

La dejó pasar.

Ella no habría de volver nunca. Se había marchado para siempre.

Al menos le había enseñado a amar.

Tal vez, tal vez la próxima vez él si se arrojaría al vacío.

Pero esa vez, serían otras manos las que estarían dispuestas a tomarlo.

Ya no sería ella.

Nunca ella.

1 comentario en “Nunca más sería ella”

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