cuento, relato

Despedida

Esa mañana decidí ponerme tacones, algo poco usual en mí y el sonido de estos sobre los bellos y coloridos mosaicos de la entrada anuncio mi llegada. El me estaba esperando recargado sobre el amplio marco de maderada labrada de la puerta. Fumaba un cigarro sin filtro y el humo me impidió ver su rostro desde la distancia en la que estaba. Conforme me acerque me di cuenta de que su cara estaba enmarcada por una descuidada barba de al menos dos o tres días y unas pronunciadas ojeras oscuras.

Mi primer instinto fue preocuparme, pero luego me recordé a mi misma que nunca más, nunca más debía preocuparme, que lo había sacado de mi vida a empujones. Y sin embargo ahí estaba, recargado en el marco de la puerta y prácticamente impidiéndome la entrada. Le di un sorbo a mi café que traía en la mano, costumbre adquirida y adicción imposible de dejar, esperando que me infundiera valor.

Después me dispuse a ignorarlo y decidí pasar por el estrecho espacio que me dejaba libre, pero atravesándose aun más me lo impidió, yo quise voltear entonces a verlo desafiantemente, pero al encontrarme con su mirada él me dijo:

– No intentes negarlo, puedo verlo en el brillo de tus ojos, tuviste sexo.

Me lo dijo en tono de afirmación y sin dejar lugar a dudas.

– No solo eso, hice el amor y fue maravilloso. Nunca podrás saberlo porque estas seco por dentro, pero no hay nada como ese momento en que dos personas se entregan sus almas y por un instante logran ser un solo ser.

Le conteste y la seguridad que emanaba de mi de alguna manera me sorprendió y me lleno de renovada energía. Pero él se empezó a reír de una manera que me hizo erizar la piel y tomándome con fuerza de los brazos me grito:

– ¡Por Dios Lucía! Deja de decir tonterías, tú siempre serás mía.

Y me besó. Sentí una inmensa repulsión hacia ese ser al que una vez creí, equivocadamente, que amaba. Le di un golpe directo a la cabeza, lo suficientemente fuerte para desorientarlo y que me dejara de besar. Me zafe de sus manos que aun me sostenían los brazos y con todo y tacones, salí corriendo.

No volteé la vista atrás, pero sé que no intento alcanzarme, supo que me había perdido y por fin me dejo ir…

 

Noviembre, 2011

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