cuento, relato

Mía

Te miraba tendida en mi cama, desnuda y perfecta. Una radiante sonrisa de dientes blancos iluminaba tu rostro.

Pero lo que te hacía perfecta, es que eras mía. Pero no, no era porque te acabara de hacer mía entre esas sabanas arrugadas, no.

Te supe mía desde aquella tarde de otoño cuando nuestras miradas se cruzaron en un parque y algo dentro de mi alma me susurró con ternura que nos pertenecíamos.

Nunca un solo atisbo de duda se albergó en mi, eras mía y yo era tuyo, desde ese día y hasta el final de mis días.

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