cuento, relato

Pláticas de aduana

Después de un par de aviones y unas cuantas horas en las que me entretuve leyendo en la terminal donde había hecho escala, por fin había llegado a mi destino y a él, si no es que acaso tal vez fueran uno mismo, o eso creía en la ingenuidad propia del enamoramiento, que siempre nos infunde desmedidas esperanzas y una fe abrasadora.

La fila de aduana era larga y parecía interminable. Jamás había visto un mar tan heterogéneo de gente, personas de todas las edades y etnias esperando para entrar a “el país mas poderoso del mundo”, ese que en las películas de alienígenas, siempre salva el día.

Y ahí estaba yo, esperando unos minutos más con la paciencia propia de quien llevaba esperando semanas el prometido reencuentro. Entonces nos dividieron en filas más pequeñas para por fin empezar a a pasar con el agente aduanal a ser interrogado respecto a los motivos y duración de su visita en el país, etc.

Adelante de mi había una adorable pareja de abuelitos, ella con su maquillaje impecable de cejas y ojos delineados, de labios rojos, y él, con su bigote de antaño tan emblanquecido como los pocos cabellos que aún conservaba orgullosamente en su cabeza. Tal vez para matar el tiempo, o porque el ser humano es al fin y al cabo social por naturaleza, la pareja y yo, con un par de brechas generacionales de por medio, nos pusimos a platicar.

En algún momento de la plática el señor dijo – Venimos a ver a nuestros nietos, ya que nuestra hija se casó aquí. El mayor ya sabe escribir, Emilio. – A lo que yo le conteste sonriendo -¿Emilio? Que nombre tan bonito, así se llama uno de mis escritores favoritos. – Y luego agregué: -Él escribía de piratas y aventuras. – El señor me devolvió la sonrisa y con una iluminada mirada me respondió – ¿Salgari? – Yo por un momento me quedé sin habla, entre emoción y sorpresa. Hoy en día muy poca gente lo había oído nombrar, mucho menos leído, y si yo me había perdido horas entre sus letras cargadas de honor, de batallas épicas y por supuesto, de traiciones, era gracias a que mi bisabuelo, abuelo y padre antes que yo, también lo habían hecho. Salgari es para mi más herencia familiar que cualquier otro legado material.

– Si, Salgari – Le contesté por fin, justo antes de que fuera su turno de pasar con la agente aduanal. Ambos nos alcanzamos a despedir con una sonrisa, deseándonos suerte en nuestras vacaciones, ellos con sus nietos, yo con mi amor.

Espero de verdad que hayan tenido más suerte que yo.

2 comentarios en “Pláticas de aduana”

  1. Creo que tuviste unas pésimas vacaciones. Si yo tuviera la suerte de él, de compartir el verano contigo haría de tus vacaciones una experiencia muy bonita e inolvidable.

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