cuento, relato

De odonatos y un cuello desnudo

Mi largo cuello se sentía vacío, casi desnudo, aun sobre su piel se conserva el tacto de tus manos, las caricias de tus labios.

De repente me pasa que en el andar del día me llevo mis dedos a él, en ese gesto inconsciente producto de la manía de buscar lo que antes siempre estaba colgando en él, deslizándose al compás del movimiento de mi cuerpo, mi sencillo collar de un odonato. Aún recuerdo cuando lo encontré de casualidad o más bien él a mi, en un aparador de una pequeña tienda más o menos en la época en la que decidí mudarme, ser independiente y empezar una vida en esta isla tropical.

“Es de acero inoxidable” Había dicho la vendedora, así que el sudor del ejercicio, la sal del mar, el día a día, nada menguó nunca su brillo. Descansando siempre entre mis senos estaba ese pequeño y primitivo dije de un insecto volador y yo lo adoraba, nunca me separaba de él.

Entonces llegó el momento de decirte “Adiós” y “Hasta pronto”. Faltaban minutos para que tuvieras que tomar el avión que te llevaría de vuelta a tu realidad y como actuando por instinto, hice lo impensable y me lo quite. Te besé para despedirte con mis brazos entrelazados en tu cuello y mi odonato apretado en un puño.

Te besé de nuevo, te mire a los ojos, te enseñé mi puño y lo abrí. “Llevatelo y me lo devuelves cuando vuelva a verte, cuídalo por mi por favor, porque volveremos a vernos, es una promesa”.

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