cuento, relato

De las memorias solo atesoramos lo sublime

Empecé a desnudarla lentamente, con la paciencia de quien atesora cada centímetro de su perfumada piel dorada, de quien saborea el esperado momento de volver a tenerla.

Sería la última vez que la tendría así, mía y entre mis brazos y ella lo sabía. Tal vez por eso unas lagrimas resbalaron por sus mejillas y cayeron a mis manos, que posadas sobre sus hombros, ya habían empezado a bajarle los tirantes del brasiere.

Por favor no te detengas‘ Me dijo con voz suplicante y entrecortada. ‘Si de las memorias solo atesoramos lo sublime, quiero que nuestra despedida sea así, sublime y memorable‘. Y entonces empezó a desabotonarme la camisa y a dejar de llorar, pero yo sabía que lloraba por dentro.

Me sentía culpable de saberme el causante de su tristeza, pero en el fondo, sabía que era lo mejor, continuar por caminos separados ahora que apenas empezábamos a querernos, que después, cuando estuviéramos irremediablemente enamorados y nos doliera aún más la distancia que nos separa.

Yo también atesoraría los recuerdos a su lado; la primera vez que la vi cuando se abrieron las puertas del aeropuerto, la noche en la playa acalorados dentro de una pequeña tienda de campaña, su sonrisa sincera, sus ojos llenos de esperanza, todo ella era sublime, todo ella era mía, al menos por unas horas más. Soy un idiota.

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