cuento, relato

Besos de aeropuerto

Ya se nos hacía tarde para llegar al concierto si es que queríamos alcanzar buen lugar para cuando tocaran Epica y Motorhead, todo por ir a comer tortas ahogadas. ¡Benditas tortas ahogadas! ‘Vale la pena el retraso’ pensé, mientras se me hacia agua la boca de recordar la salsa derramándose en mi plato hacia solo unos minutos.

Justo en ese momento recordé que en el lugar donde habían decidido organizar este año el esperado festival metalero no disponía de cajeros automáticos cerca y los puestos de comida, cerveza o chacharas varias, tampoco tenían terminal y yo disponía del no suficiente efectivo para sobrevivir las horas venideras de un grupo tras otro tocando sus mejores canciones.

Entonces rápidamente voltee a mi amiga que iba al volante diciendo ‘Necesito un cajero automático a la voz de ya’. Ya íbamos sobre la carretera así que nuestra única opción era la terminal del aeropuerto. Se estaciono en una entrada y yo me bajé corriendo. Le pregunté al guardia de la entrada por el cajero Banamex más cercano y este resulto estar hasta el extremo opuesto de la terminal. Camine con mi paso más veloz, retiré el dinero necesario y con el mismo ritmo que llegue camine hacia la salida donde me esperaba mi amiga, que dicho de paso solo me acompañaba a escuchar horas y horas de metal a cambio de que algún día yo la acompañara a ver a Gloria Trevi.

Ya casi llegando a la salida vi a una pareja joven, más o menos en los veintitantos, igual que yo. Ella tenía parada a su lado una elegante maleta y ambos brazos entrelazados al cuello del muchacho mientras que el la tenía sujeta de la cintura. Entonces recordé que una vez leí ‘En los aeropuertos se ven los besos más sinceros’. Y me di cuenta que era totalmente cierto, tan solo observarlos se alcanzaba a ver la honestidad de su cariño, la dureza de la despedida, la nostalgia que pronto los invadiría, solo restaba saber si era un Adios o un Hasta luego, si tendrían la fortaleza de esperarse, si sus caminos volverían a cruzarse.

Entonces recordé que se me hacía tarde, que ya tenía dinero suficiente, y que no había recorrido miles de kilómetros para no alcanzar a ver en vivo a Simone Simons cantando Cry for the moon. Apresuré mi paso y llegue al coche de mi amiga.

Me pasé el resto del camino imaginándome que sería de esa pareja, nunca lo sabría.

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