relato, scouts

Nostalgia scout

He de confesar que lo extraño demasiado.

Extraño dormir contemplando la estrellas iluminando la inmensidad de la noche arrullada por el ruido del viento entre las hojas de los árboles, de las aves, insectos y hasta monos que de vez en cuando se acercaban cuando nos introducíamos más hacia sus territorios.

Extraño pasar la pista comando y terminar cubierta de lodo de pies a cabeza, con ampollas y cortadas, pero inmensamente sonriente.

Extraño planear las construcciones en mi acampado y reunirme con mi patrulla para diseñar nuestro refugio lo más amplio y cómodamente posible, planear el menú del campamento y por supuesto la receta para el concurso de comida sin utensilios.

Extraño las fogatas, ¡Dios! Como las extraño. No solo su calor que siempre ayudaba a pasar mejor esas noches boscosas (o selváticas dependiendo) sino sobre todo la calidez humana de decenas o centenas de personas, unas con voces más afinadas que otras, pero todos cantando y riendo, disfrutando el momento, llenándose de el.

Extraño escuchar en voz alta mi grito de patrulla, estar en una ceremonia, retarme a mi misma física e intelectualmente todo el tiempo. Una clave más que comprender y memorizar, un nudo más que saber hacer y cuando utilizarlo, una ruta más difícil que recorrer, un campamento más intenso.

Se que se es scout para siempre, que es una promesa que haces para toda la vida, pero lo extraño.

Imagen

 

Campamento Regional de Tropas POANA hace como una década

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