cuento, relato

Coincidencias de bar

La había estado observando ya desde hacía muchas noches, siempre sentada en el mismo banco del bar, fumando un cigarro y bebiéndose un whisky o dos. Aparentaba estar en los cuarenta, pero tenía una figura que muchas chicas de la mitad de su edad sin duda envidiarían. Presentí que sólo iba por el gusto de no beber en el silencio del departamento en el que la imaginé viviendo, entre torres de libros y fotos envejecidas.

A veces algún hombre se le acercaba y le ofrecía comprarle una copa, en un par de ocasiones incluso alguna mujer llego con el mismo ofrecimiento, pero siempre a todos los rechazaba con una sonrisa a medias pintada de rojo y enmarcada en dientes perfectamente alineados y blancos, una sonrisa que a mi parecer delataba la tristeza de un alma tan rota que no sabía cómo volver a componerse.

Una noche, nada diferente de todas las anteriores, excepto que sus labios los noté de un rojo más intenso y su mirada un poco menos triste, se acercó a mí con su caminar que, sin pretenderlo, era sumamente seductor, su copa en una mano y su cigarro en la otra. Se sentó a mi mesa diciéndome:

– Es muy frecuente que venga a este lugar, y tú también siempre vienes solo. Muchas veces he visto que me observas, no creas que no lo he notado, pero no lo haces con la lujuria habitual de quienes lo hacen, y eso me ha dado curiosidad.

Estaba sumamente nervioso. Claro que a veces la miraba con lujuria, pero era muy bueno disimulando, vivir aparentando es como me habían criado. Sentía que era una mujer a la que le habían mentido demasiado, así que le hable con la verdad.

– Soy escritor. Lugares como estos los encuentro… inspiradores. Siento que sus historias son siempre muy intensas.

– En eso tienes razón. ¿Y entonces me dirás porque me observas?

– Me resultas misteriosa y por lo mismo fascinante, te observó porque imagino tu historia

– ¿No preferirías mejor saber la historia en sí?

Juraría que me lo dijo en un tono tan sensual que le salió con una naturalidad asombrosa. Le di un largo trago a mi vaso de ron importado y le contesté:

– Por supuesto, ¿Cómo te llamas? Yo soy…

Pero con esa sonrisa triste tan suya, probablemente la única que tenía, me dijo mientras me silenciaba con un dedo sobre mis labios que hizo estremecerme de sentir el contacto de su cálida piel.

– No quiero saberlo, y es mejor que no sepas el mío, si algo he aprendido es que el mundo es siempre más pequeño de lo que parece y que las coincidencias no existen. Salgamos de aquí, niño, y te contaré mi historia.

La llevé a mi pequeño departamento de estudiante, pagado por mis padres, que me habían mandado a estudiar fuera creyendo que así no me daría cuenta de los problemas en la familia y de la inevitable e inminente separación entre ellos. Nada más llegar lo recorrió con la mirada. Claro, que no necesito más de dos minutos para hacerlo.

– Es acogedor.

Fue lo único que dijo y se sentó en el sofá. Yo me senté frente a ella y nada más hacerlo empezó a hablar. Noté que a veces tocaba un dije que colgaba de una larga cadena plateada en su cuello, y al obsérvalo de cerca me di cuenta que era uno de esos relicarios antiguos donde dentro se ponen fotos y cosas así.

Sin voltear nunca a verme empezó a contarme su historia.

– Tenía que decírselo de una sola vez, era ahora o nunca. Ya era tarde y todos se habían retirado a sus casas después de haber estado trabajando sin descanso en los últimos detalles del próximo proyecto a entregar. Así que entre a su oficina con paso firme y cerré con seguro la puerta detrás de mí. Él estaba muy concentrado leyendo un archivo enorme y arrugando la frente de esa manera tan suya que yo conocía tan bien. Al notarme ahí reaccionó primero con sorpresa y luego con una enorme sonrisa. “Por favor no me sonrías así o no podré hacerlo”, pensé.

‘Supe que tenía que hablar de golpe, sin detenerme ni darme tiempo a echarme para atrás. Era ahora o nunca.

‘”Solo quería decirte que te amo, que ya no puedo más callar esta agonía que me causa el mirarte cuando no te das cuenta y el tener que disimular mi risa cuando dices algún comentario inteligente creyendo que nadie te escucha, el tener que ignorar esa sensación en mis entrañas cuando pienso en ti. Te amo desde el primer momento en que te vi, creo que una parte de mi presentía lo que comprobé después con el paso del tiempo, que nuestros caminos estaban destinados a cruzarse porque eres la otra mitad de mi alma.”

‘Mi voz se entrecorto y empecé a temblar sin poder controlarme, los nervios se apoderaron de mí mientras mi reciente valentía se esfumaba con rapidez. Él no había dejado de mirarme mientras mi confesión escapaba de mis labios como un vomito verbal, descontrolada. Se paró de su asiento y camino lentamente hacia mí sin dejar de mirarme, se detuvo a una nada de espacio entre nosotros. Yo esperaba que me dijera algo, lo que sea, que mi confesión estaba fuera de lugar, que lo mejor sería que me transfiriera de departamento, que él ya tenía una vida junto a alguien más. Pero en vez de decirme algo, tomo mi cara entre sus manos y me besó como nunca antes nadie lo había hecho.

‘Había miles de razones para que hubiera callado mis pensamientos y sólo una para gritárselos como lo había hecho, que era el amor de mi vida. Con ese beso empezó la condena de mi alma, pero valió la pena y sin dudarlo, si regresase a ese momento lo volvería a hacer, porque probar la dulzura de esos labios, embriagarme en ese cálido aliento y después sentir sus manos llenas de pasión deslizándose por mi piel, es todo lo que necesito.

‘Por eso cuando una punzada de dolor amenaza con manifestarse en mi corazón, regreso a ese momento impulsivo y ardiente, y ese recuerdo es bálsamo suficiente para atenuar cualquier intento de tristeza acarreada por mi presente donde el ya no es parte de mi vida.

Al finalizar su historia una sola lagrima se deslizó por su mejilla, instintivamente me acerqué a ella y la quité de su suave piel con mi mano. Intenté hacerlo con la delicadeza de la que la sentí merecedora, pero creo que la torpeza de mi inexperiencia con las mujeres se hizo presente con obviedad. Fue entonces que me volteó a ver y nuestras miradas se cruzaron por un segundo que me supo eterno.

Nunca había visto unos ojos tan hermosos ni tan tristes en toda mi vida. Reaccioné sin pensarlo y la besé. En vez de apartarme, ella siguió besándome, y sin darme cuenta como, terminamos haciendo el amor ahí mismo, en ese sofá polvoriento, en el piso de la sala y luego, por supuesto, en mi cama con sabanas de Batman.

Despertar con tremenda belleza entre mis brazos parecía un sueño tan irreal como feliz, quitarle toda la ropa y poder contemplarla en plenitud había sido tan sublime que pensé en lo maravilloso que sería despertar así muchas mañanas más.

Mirándola dormir, sin preocupaciones ni manifestaciones de tristeza en sus rasgos, le quitaba al menos unos cinco años de encima. Su relicario descansaba entre sus pechos y no pude evitar abrirlo. Maldita sea la curiosidad innata del ser humano, pensé después, y enseguida ahogué ese pensamiento en los mares de mi mente, pues había sido precisamente curiosidad lo que la llevo hasta mí esa noche de agosto.

Lo abrí y ojalá nunca lo hubiera hecho. Una foto cayó de él al suelo. Al levantarla de la parte posterior leí en una apretada cursiva:Para mi Hurí, con cariño. Otoño 2001. Yo tendría 5 años por aquellos tiempos, y entonces reconocí sin lugar a dudas la firma. Sentí como si algo dentro de mí se hubiera roto porque entendí entonces porque esa caligrafía me resultaba tan familiar.

En ese momento ella despertó de golpe y se encontró con mi mirada confusa y desgarrada. Me arrebató el relicario de mis manos, lo cerró y saltando de mi lado se puso rápidamente su vestido. Yo me quede inmóvil, incapaz de decir o hacer nada más que mirarla buscar sus zapatos y agarrar su bolso. Creo que tardó menos de un minuto, no lo sé porque probablemente mi percepción del tiempo se vio alterada por todo lo que estaba pasando. Se dirigió a la puerta dispuesta a irse pero entonces titubeó, se dio la vuelta y regreso hacía mí, que no había dejado de mirarla. Me besó con infinita ternura y sus siguientes palabras fueron con tanta nostalgia y melancolía que nunca las olvidaré.

– Lo siento mucho. Ésto nunca debió pasar y tú nunca debiste abrir mi relicario. Es sólo que… te pareces tanto a tu padre. Por favor, discúlpame”

Se dio la vuelta y se fue de mi vida para siempre. Nunca supe su nombre. Nunca volvió a ese bar. Nadie ahí supo decirme nada de ella. No me atreví a platicarlo nunca con el hombre de la fotografía, el amor de su vida, el de su historia, mi padre.

Entonces decidí escribir su historia, sentí que se lo debía.

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