cuento

Aceptación

Le deje sus pocas pertenencias afuera de la puerta de la casa. El nunca había sido muy aferrado a las cosas, los detalles y los recuerdos, su practicidad era una de las muchas cosas que extrañaría de él, a diferencia mía, que aún conservo guardadas cosas insignificantes como mi medalla de primer lugar en el examen de conocimientos de la secundaria y la última muela del juicio que me sacaron.

Doblé con esmero sus playeras, acomodé por estilo literario sus libros y metí en un porta CD’s los escasos discos originales que alguna vez se compró, incluyéndole sin decirle y con la esperanza de que al descubrirlo una sonrisa y tal vez un par de recuerdos se asomaran en su rostro, el nuevo CD de Van Halen que pensaba regalarle en nuestro aniversario, ese que ya nunca llegaríamos a celebrar.

Pensé en incluirle también una nota, pero todo lo que quería decirle moría en mis pensamientos antes de osar llegar a alguna de las hojas de papel que suelo tener siempre a la mano. ¿Qué podría decirle que no le hubiera dicho ya? De pronto y por primera vez en mi vida, las letras, las palabras, los matices y adjetivos me parecieron insuficientes, pensamiento blasfemia para alguien que vive la literatura como si no hubiera un mañana, alguien que ha llorado con Benedetti, extrañado con Neruda, suspirado con Bécquer, sufrido con E. M. Hull y amado con Bibiana Faulkner.

Mientras miraba ese montoncito de cosas suyas, no pude evitar darme cuenta que con mi mano estaba acariciando ese pequeño pedazo de mi piel donde me tatué un símbolo que solo él y yo podríamos comprender en plenitud. Mis dedos recorrieron su contorno con suavidad y un par de lágrimas escaparon de mis ojos.

El amargo sabor del fracaso había hecho que olvidara las horas que llevaba sin comer, que ignorará el cansancio que pesaba sobre mí y las ojeras que enmarcaban mis ojos. Entonces cerré la puerta con mis pocas fuerzas y mis muchas ganas, las mismas con las que siempre me arrojaba a sus brazos y a la familiaridad de su pecho inundándome en su aroma. Caminé arrastrando los pies hasta nuestra cama, esa que ahora solo sería correcto llamar ‘mi cama’ y me deje caer rendida, vencida, exhausta y rota.

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